Mandamientos para la buena ama de casa: anúlate y sé dependiente

Hoy me he levantado con la resaca de la funesta jornada del 1-O, he leído unos cuantos artículos sobre lo que está pasando, la mayoría escritos por hombres, y he seguido estando tan confundida como al ver en directo las imágenes. Hasta que llegué al análisis de @barbijaputa (que puedes leer aquí) que me iluminó y me ha ayudado a entender mejor esta situación tan compleja. El caso es que en el texto la autora cita a Simone de Beauvoir recordando esta reflexión: “El opresor no sería tan fuerte si no tuviese cómplices entre los propios oprimidos”. Y esta idea me trajo a la mente el manual que estoy leyendo sobre el adoctrinamiento de las mujeres en el siglo pasado escrito por Celia de Luengo titulado: ‘La mujer, alma del hogar. Tratado de economía doméstica’. Que este tratado esté escrito por una mujer es el ejemplo más claro de que el opresor es fuerte si cuenta entre los oprimidos con un cómplice tan entregado como esta señora.

He vuelto a este manual con la zozobra de quien revisa ‘La boda roja’ de ‘Juego de Tronos’, sin dar crédito a lo que estoy viendo y con las tripas revueltas.

Este tratado de economía doméstica ofrece en el primer capítulo un “decálogo de la perfecta ama de casa” donde desgrana mensajes tan contundentes como este: “Consideraos la última de la casa y a vuestro marido el primero”. Después de dejar claro el lugar reservado para la mujer en el hogar, de donde por otra parte no debe salir, la señora de Luengo entra en materia económica y añade algo que resulta una contradicción en sí misma: “No consideréis nunca vuestro el dinero que no ganéis vosotras mismas” (difícil les debía resultar ganarlo si su destino estaba reservado a ser las almas del hogar). Y después explica: “El hombre, al casarse, contrae el deber de mantener el nuevo hogar que forma, atendiendo a todas sus necesidades, y asimismo la esposa el de administrar con rectitud los bienes, de los que debe considerarse únicamente la depositaria”.

Y para que a las mujeres les quede meridianamente claro que su destino en la vida es ser dependientes de sus maridos, incluso aunque económicamente pudieran ser autosuficientes, dedica un apartado del decálogo a despejar dudas: Si la mujer lleva algún capital al matrimonio, tendrá buen cuidado de no recordarlo nunca ni de palabra ni por sus actos. Nada más repugnante que este alarde”.

Este decálogo dirigido a formar amas de casa perfectas no puede dejar de culpar a las mujeres si las cosas no funcionan en sus casas después de darles las claves para que adminstren los recursos del marido: “Lo mismo que la mujer derrochadora, la falsa economista hace su hogar frío y repugnante; aleja al hombre, que se refugia en el café o en el casino, cuando no forma otro hogar donde encontrar la paz y el descanso que no tiene en el legítimo. Por su negligencia y por su ignorancia, la mujer labra su propia desdicha; fomenta los vicios del hombre y proporciona a los hijos malos ejemplos y una niñez triste”.

Así pues, en una época en la que no se contemplaba el divorcio, el marido tenía todo el derecho a buscarse otra mujer y ser feliz con ella si algo no era de su agrado dentro de su casa, mientras la esposa seguía de por vida encadenada a este matrimonio. Y para colmo, tenía que cargar con la losa de que la hicieran sentirse culpable.

Patriarcado

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