Rosa, la niña que no quería ser princesa (y ahora hace joyas dignas de reinas)

(Foto: Tamara de la Fuente)

 

Cuento

Cuando Rosa era pequeña no le gustaban las coronas de princesa ni los vestidos de nido de abeja. Observaba el mundo pensativa y solo quería que la dejaran tranquila.

Por las mañanas, su madre le preparaba el desayuno y luego le daba un empujoncito en la puerta para que se fuera al colegio. Ella caminaba por las calles arrastrando los pies y cuando llegaba a su clase, la recorría hasta el fondo para sentarse en el rincón más apartado. A veces tenía suerte y la profesora no se fijaba en ella. Entonces se podía quedar ensimismada observando los objetos que tenía alrededor porque siempre descubría que encerraban algo extraordinario: en la madera del pupitre había un remolino con peces atrapados, o por el cristal de la ventana desfilaba un ejército de gotas serias.

Las clases eran un tostón. La profesora se subía a la tarima y hablaba hasta que sus palabras sonaban sin sentido, con el soniquete machacón de la lluvia en una aburrida tarde de otoño.

—¡Rosaméndez, despierta! —tronaba de repente la voz de la profesora y Rosa daba un respingo­— Estás castigada.

Y Rosa se resignaba a aburrirse todavía más durante el castigo.

Hasta que un día, en clase de dibujo, una monja se dio cuenta de que esa niña de pocas palabras tenía un talento que había que alimentar.

—Quédate a mi lado y pinta lo que quieras —le dijo. Y entonces, por primera vez, la vida en el colegio dejó de ser gris como los uniformes que llevaban.

Los mundos de colores que hasta entonces solo estaban en su cabeza fluían alegres hasta sus dedos. La felicidad estaba dentro de una caja de pinturas y estallaba con ímpetu sobre un lienzo blanco.

A Rosa también le gustaba transformar materiales toscos en cosas bonitas y podía hacer que de unos restos de plastilina saliera un hermoso cesto de flores diminutas. (Por cierto, aquellas flores de plastilina se las regaló a su amiga R.)

A Rosa y a R. les gustaba patinar y se hicieron ‘skaters’, algo bastante raro en aquellos años. Se pasaban todo el día cargadas con sus patines y al salir de clase se lanzaban calle abajo en medio de una panda de chicos. De pequeñas no querían ser princesas pero ahora eran las reinas del monopatín.

Cuando se hicieron mayores, Rosa y su amiga R. siguieron caminos distintos. Rosa se matriculó en una escuela de vidrio y el día que recorrió sus pasillos descubrió que ahí estaba su destino. Se hizo una experta modelando ese material translúcido y empezó a hacer diseños de una belleza exquisita. Sus joyas de vidrio eran tan hermosas que a su taller llegaron encargos de todas las partes del mundo y los mejores museos las querían vender en sus tiendas.

Su amiga R. se hizo escritora y muchos años después, el día de su cumpleaños, le regaló este cuento.

Con cariño y admiración
Tu amiga
Ruth

El pase de diapositivas requiere JavaScript.

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Crea un blog o un sitio web gratuitos con WordPress.com.

Subir ↑

A %d blogueros les gusta esto: